| Los sabores de antaño, en la Guatemala de hoy. |
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| Sábado, 11 de Abril de 2009 12:45 |
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Una
de las grandes riquezas que tenemos los guatemaltecos, es el haber
podido degustar a lo largo de nuestras vidas, las ricas viandas que ya
venían como tradición y como legado de nuestros antepasados y que nos
hacen ser verdaderos exigentes en el arte del buen comer.
Por: Antonio Moran del Cid Guatemala, un país de olores, colores y sabores, donde las tradiciones y costumbres se han compenetrado completamente con el actuar social y cultural de su gente, que de hecho se convierte en el gran catador de los platillos diversos, que al disfrutarlos traen a la mente, recuerdos de antaño que añoran el compartir de épocas lejanas que tienen por promesa, repetirse por costumbre de año en año.
Recorrer las calles y avenidas de la capital guatemalteca o de
cualquiera de sus comunidades, nos hace recordar el proceso histórico
de esta nación, que fácil o difícil, hemos llegado como pueblo y como
nación a estas alturas del camino, donde las tradiciones siguen siendo
tesoros protegidos por las generaciones y es así como ese sabor
entrañable, cien por ciento chapín, nos persigue estando cerca o en
otras tierras lejanas y más que lejanas extrañas.
Nosotros que tenemos el privilegio de estar en nuestra Guatemala,
vivimos y aunque quisiéramos no podemos dejar pasar desapercibido el
olor y el sabor de un buen café, viendo el amanecer rojizo don
destellos dorados, que oprimen lo platinado de lo último de la noche
que ya quedo en el pasado y que se va perdiendo en el horizonte
primitivo de estas milenarias tierras. Emerge con los nuevos aires, el
olor a frijoles fritos, colados y parados, que junto al olor de huevos
cocinados de mil formas, juntamente al olor a tortillas y a pan recién
hecho, se van dotando las fuerzas para conquistar el nuevo día.
La mañana avanza y llega a su mitad, cuando una corriente trae
consigo una diversidad de olores que invitan a saborearlos casi como de
inmediato empezando por los codiciados tamalitos de Chipilín, que son
el queso Roquefort de nuestro país, su olor que es la insidia del
hambre, invade cualquier rincón y no se diga su sabor
¡ah
ya me dio
hambre! Lo siguen los Chuchitos, tortillas con huevo duro, revuelto,
estrellado, las tostadas con guacamol, con frijoles, con salsa, donde
el olor a perejil y cebolla, hacen el tormento voraz de quererlos tener
ya en las manos, por supuesto la servilleta es de papel periódico, pero
que importa, lo importante es tener cuidado de no mancharse la corbata
y no permanecer mucho tiempo con perejil en los dientes, pues nadie se
atreve a decirle a uno, de todos modos ¿Para que? si es tan chistoso.
Caldo de pollo, caldo de res, caldo de pata, caldo de mariscos, caldo de frijoles, caldo de Tumaca, pollo en los mil estilos, desde frito hasta empanizado, chorizos, longanizas, chiles rellenos, tortitas, acompañados de arroz, ensaladas y aguacates, carnes asadas, panza en salsa verde y roja, estofados. Carnitas y tortillas con chicharrón, Pepián, Jocón, hilachas, carne en amarillo, cremas de espárragos, zanahorias, gallo en chicha, coliflor, ejotes, chilaquilas envueltos en huevo, por supuesto un muñecón de tortillas, para que no estén molestando a cada rato y para concluir tenemos las opciones de lo dulce como: plátanos en crema, rellenitos, torrejas, molletes, nuegados, buñuelos. La agenda de mesa ya está puesta y por un momento nos hace olvidar la riqueza de las viandas que por su sabor, vuelven a emerger del bullicio, el quemante sol, el sonido de los aplausos al hacerse las tortillas y los majestuosos olores que conducen al mundo de los sabores, donde existen varias culturas fusionadas y el producto seguro en la excelencia del buen comer. Transcurre la semana y llega el tradicional jueves de los Paches, nuestro tamal de papa, y viernes y sábado, para comer los tamales negros y colorados, sin menospreciar los exquisitos tamales quezaltecos, yayay y así podríamos continuar en una largo recorrido, queridos lectores, que ¿me imagino? a más de alguno se pudo saborear de estas exquisiteces, ya que nuestros sabores son tan inefablemente maravillosos, que solamente probándolos podrían comprender de lo que les escribo. |

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